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Un Mano a mano con la naturaleza

Por Ana María Battistozzi
Diario Clarín Ñ, Febrero 2015

Hay una dimensión de maravilla en la obra de Andrés Paredes que al mismo tiempo produce inquietud. Una experiencia contradictoria que nace de enfrentarnos a una mariposa gigante de alas negras –como las que por estos días ocupan el Pabellón de las Artes de la Universidad Católica Argentina (UCA), en Recuerdos de la tierra sin mal –, o la posibilidad de que una nube de esas mariposas pudiera cubrir el cielo. Quizá sólo sean temores urbanos, propios de gente que no ha tenido con la naturaleza la intimidad que este artista –nacido en Misiones– entabló desde la niñez. Lo cierto es que su obra revela un mano a mano con la naturaleza que a la gente de la ciudad fascina y mete miedo.

Lo suyo es una frecuentación que a los otros les resulta infrecuente, y que ha convertido su observación en un lenguaje que no resulta habitual. Algo así como la sorpresa que expresaba Austerlitz –el personaje central de la novela de George Sebald que lleva el mismo nombre–, ante el misterioso mundo de las polillas que le descubrió el tío naturalista de un compañero de clase: “La mayoría de nosotros lo único que sabíamos de las polillas es que se comían la ropa y había que ahuyentarlas con alcanfor”, dijo maravillado ante la nevada silenciosa que las mariposas llegaron a formar en torno de un halo de luz.

Similar actitud, capaz de advertir en las mariposas lo que nos pasa inadvertido, es la de Andrés Paredes. A fuerza de una persistente atención puede reconstruir en sus alas el enlace de finísimas líneas que acaban en complejas filigranas, así como también seguir el mismo parentesco en la exuberante fronda misionera.

El teórico Konrad Fiedler, fundador del formalismo visual, escribió que un artista no sólo es alguien que se distingue por su capacidad de ver o de seleccionar lo que tiene ante sí, por un don de síntesis o valoración, sino por una facultad especial que le permite convertir cada detalle de esa percepción en alguna forma de expresión.

Las formas de expresión que Andrés Paredes encontró para el inmenso caudal que la naturaleza le ofreció durante gran parte de su vida han sido varias. En estos días Buenos Aires despliega al menos dos o tres instancias de su repertorio de posibilidades en dos exhibiciones suyas: la ya mencionada que ocupa el espacio de arte de la UCA con seres alados, calados en papel y metal, y otra que tiene lugar en el Centro Cultural Recoleta, Barro memorioso .

Mientras que la primera remite a los trabajos más conocidos del artista –series de mariposas, libélulas, bichos canasto y pequeños escarabajos asimilados a papeles y estructuras que evocan cruces y enredos vegetales–, la segunda introduce una nueva modalidad en su producción. En ella emerge el barro, una materia hasta ahora no explotada a pesar de haber tenido un protagonismo importante en su formación. Se trata de una materia mórbida y maleable que le permite encuentros poéticos con interesantes posibilidades espaciales.

Así, Barro memorioso es muchas cosas a la vez. Una recuperación del saber que anida en los pliegues de la memoria en primer término. Pero también una sucesión de escenas con distintas perspectivas de la experiencia de maravillas que mencionábamos al principio. En ese sentido podría decirse que la obra remite a lo que proponían las “Wunderkammer”, Gabinetes de Maravillas o de Curiosidades, antecedentes de los museos íntimos que abrevaron en la afiebrada pasión de naturalistas-coleccionistas que construían escenas fantásticas.

Barro memorioso despliega un desarrollo espacial complejo: una construcción que pone de manifiesto una interesante dialéctica exterior-interior. Mientras la superficie externa se muestra curva en consonancia con una serie de volúmenes encabalgados como senos de una generosa deidad, el interior se abre a una sucesión de escenas. Recovecos poblados de cráneos, alas de mariposa y rocas transparentes cuyas faces destellan sin estridencia. El encuentro con esta escena fantástica desde distintos accesos puede evocar el de Tom Sawyer y su amiga Becky en el preciso instante en que ambos, en el interior de una caverna, descubren una gruta con infinidad de estalactitas.

Levemente iluminado desde abajo, el paisaje que construye Paredes refuerza esa condición de maravilla que por un lado atrapa y por otro inquieta. Porque, en verdad, lo que presenta es un paisaje fósil, de esos que cualquier niño como Tom y Becky hubieran deseado encontrar, a pesar del miedo que inspiran.

En este tipo de escenas Andrés Paredes ilumina también la tradición de las Vanitas de los siglos XVI y XVII, en las que la pintura sirvió para reflexionar sobre la fugacidad de la vida. Y aquí el artista presenta uno de los elementos centrales de su iconografía.

Podría decirse, por otro lado, que esa reflexión no es ajena a la noción de tránsito y transformación, central en la serie de mariposas, libélulas y crisálidas, asociada al ciclo vital, que domina el conjunto exhibido en la UCA. En este sentido ambas exhibiciones representan dos instancias complementarias de una reflexión permanente en el pensamiento del artista. Como buena parte de la obra de Paredes, Barro memorioso remite a los orígenes en cuanto reconoce en ese material no sólo algo propio del artista y de sus juegos de la niñez, sino también su primer encuentro con el arte.

Si bien todo esto remite a la subjetividad de Paredes y a una dimensión muy propia, al mismo tiempo conecta con sentidos más universales que atraviesan tiempos y culturas.