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La infancia rememorada

Por  Florencia Battiti

Texto curatorial, Galeria Farrarons Fenoglio Bariloche, 2014

El joven misionero Andrés Paredes desciende de una familia de artistas que allá por los años 90 recuperó para las artes visuales el valor de la belleza y la manualidad como fuentes de placer y creatividad, desmarcándose tanto de la hiper intelectualización de los conceptualismos y del arte explícitamente político de los 70 como de los neoexpresionismos de los años 80. De aquel tronco se han ido desprendiendo numerosos gajos-artistas que hoy reivindican las labores manuales  —otrora depreciadas y ligadas exclusivamente al universo femenino— y las practican desprejuiciadamente, llevándolas al paroxismo y a la exasperación. Pero quizás lo más interesante de esta descendencia —y de la poética de Paredes en particular— es su rechazo (o más bien, su indiferencia) hacia la dicotomía “virtuosismo versus concepto”, un razonamiento antagónico que parece no haber aportado nada verdaderamente significativo a la discusión o a la práctica del arte. Así, con libertad extrema y abrevando del repertorio visual y emotivo de su infancia en Apóstoles —las mariposas, libélulas y chicharras que de larvas se metamorfosean en bellos insectos, la vegetación indómita y asfixiante de la selva misionera, los microscopios del consultorio médico de su padre, las tardes de siesta y juego con sus hermana— Paredes construye una iconografía tan espesa como la selva misma, basándose en complejos entramados de formas orgánicas que dibuja sobre papel, lona o madera y luego corta meticulosamente, otorgándoles volumen, y en ocasiones, modelando sobre ellos figuras en macilla epoxy. El proceso de calado —que Paredes realiza manualmente— además de trabajoso resulta crucial para el resultado de la obra, ya que en ese momento el artista define los trazos del dibujo y decide hasta dónde avanzar con los cortes, dejando o no espacios sin calar… Como ocurre con frecuencia con los artistas contemporáneos, las imágenes de la infancia —en el caso de Andrés la trama de la selva que quedó atrapada en sus ojos— es rememorada, una y otra vez, para ser reinventada y puesta en obra pero, sobre todo, para poner en práctica aquello que la etimología de la palabra “recordar” nos indica: “volver a pasarla por el corazón”.