

Awasi artist immersion
Mi participación en Awasi Artist Immersion marcó profundamente mi práctica artística. Tuve la oportunidad de formar parte de dos residencias del programa: la primera en Awasi Iguazú y la segunda en Awasi Atacama. Aunque se trata de territorios radicalmente distintos, ambas experiencias compartieron una misma premisa: la posibilidad de detenerse, habitar el paisaje y dejar que la naturaleza se convierta en una guía para el proceso creativo.
Siempre he entendido el paisaje no solo como un escenario, sino como un organismo vivo cargado de memoria, cultura e identidad. En Iguazú pude reencontrarme con la Selva Atlántica, un territorio que atraviesa gran parte de mi obra. Allí desarrollé proyectos que surgieron de la observación directa y la experimentación con materiales presentes en el entorno, trabajando con el agua, los sedimentos naturales, la vegetación y los ritmos propios de la selva. La experiencia me permitió explorar nuevas formas de relación entre arte y naturaleza, generando obras que nacieron del contacto físico y sensible con el paisaje.
En Atacama, en cambio, me encontré con una geografía extrema donde la inmensidad, el silencio y la dimensión mineral del territorio propusieron otras preguntas y otros tiempos. La contemplación del desierto, sus texturas, sus colores y su escala transformaron mi mirada y ampliaron mi reflexión sobre la relación entre el ser humano y el entorno natural.
En ambas residencias encontré algo que considero esencial: el tiempo para observar. Awasi creó las condiciones para una experiencia de inmersión profunda, donde el viaje se convierte también en una forma de autoconocimiento. Para mí, estas residencias fueron mucho más que una instancia de producción artística; fueron espacios de descubrimiento, donde la naturaleza actuó como inspiración, maestra y colaboradora. Las obras que surgieron de esos encuentros son el resultado de un diálogo íntimo con cada territorio y de una búsqueda constante por comprender los vínculos que nos unen con el mundo natural.
Una experiencia de profunda conexión con el paisaje y con los procesos que atraviesan mi práctica artística. Durante esos días me sumergí en la Selva Atlántica misionera, un territorio que constituye uno de los ejes centrales de mi obra y un espacio privilegiado para observar, experimentar y volver a pensar la relación entre naturaleza, identidad y creación.La selva no representa para mí únicamente un escenario natural, sino un universo cultural y afectivo que forma parte de mi historia personal. Sus formas, sus sonidos y sus constantes transformaciones alimentan desde hace años mi imaginario visual.






Durante la experiencia desarrollé diferentes proyectos nacidos del diálogo directo con el entorno. Realicé registros fotográficos, recorrí el paisaje y experimenté con materiales presentes en la naturaleza.
Uno de esos trabajos surgió a partir de la espuma de una cascada, incorporando al proceso creativo los sedimentos minerales y orgánicos transportados por el agua. Esa exploración dio origen a una serie de pinturas donde el propio paisaje pasó a formar parte de la obra.
La residencia también fue el punto de partida para crear una intervención site specific realizada íntegramente con materiales biodegradables. Construida con fibras vegetales, cestería artesanal y plantas epífitas, la obra fue instalada en el corazón de la selva para integrarse lentamente al entorno y ser transformada por él. Me interesaba pensarla como un organismo vivo, capaz de completar su ciclo regresando nuevamente a la naturaleza.
Llegar al desierto de Atacama fue una experiencia muy distinta a todo lo que había vivido antes. En el campo geotérmico del Géiser Blanco encontré un paisaje donde el agua hirviendo, el vapor, los minerales y la roca conviven de una manera muy particular. Me interesó trabajar con esos mismos materiales, utilizando sedimentos volcánicos y polvos minerales en lugar de pigmentos tradicionales.
El desierto me enseñó otra forma de mirar. En un paisaje de apariencia más quieta aprendí a escuchar el silencio, a prestar atención a los pequeños sonidos, a las texturas y a las sutilezas de los minerales. Esa experiencia cambió mi manera de relacionarme con el territorio y terminó formando parte de la obra.
Más que representar el desierto, quise que el propio paisaje estuviera presente en cada pieza, que su materia, su tiempo y su energía quedaran contenidos en la pintura.













