Andrés Paredes: el estado de devenir, presencia y memoria

Por Nadia Anahid Avedissian

Texto publicado en Juvbentudes Iberoamericanas, agosto 2021

“Honrar Raíces”, la nueva exposición virtual de Andrés Paredes con curaduría de Florencia Nicolau, inauguró el pasado 6 de julio en el espacio virtual del Instituto Universitario ESEADE y nos trajo reflexiones de lo más íntimas.

Tras el lanzamiento de su libro Andrés Paredes (2020), el cual recorre dieciséis años de trayectoria, el misionero reinventa el retrato de los tópicos memoria, herencia, origen y recuerdo con una mirada renovada. De la mano del dibujo, la escultura y la instalación, su huella se hace presente en materialidades que hablan por sí solas e indagan sobre la genealogía personal.

Linaje, Relaciones, Cúpulas de Reconstrucción y Testimonios son las cuatro series que estructuran la exposición. Nicolau hace uso de estos ejes centrales para transmitir la naturaleza interna de Paredes, quien presenta un trabajo introspectivo y de auto-reconocimiento realizado durante el aislamiento social del 2020 desde su taller en el barrio de La Boca, Buenos Aires.

Los colores tierra, los pigmentos vibrantes, las texturas, los componentes orgánicos y minerales evocan directamente a un juego de antónimos: estático-devenir; interno-externo y presente-recuerdo. Y es que utiliza en la obra Linaje su sangre como elemento común a todos los seres vivos, en un ejercicio personal en el que manifiesta su acontecer. Así, su huella actúa como registro de un movimiento y recordatorio de su aquí y ahora. La sangre se transforma en un componente artificial al penetrar en la porosidad de la superficie y esparcirse aleatoriamente. De esta forma, la inmediatez de esta operación implica trabajar contra-reloj. Con la oxidación, el fluido – en definitiva incontrolable – pasa a ser dominado por una mano izquierda poco entrenada; la nueva herramienta y técnica de Paredes.

La memoria, por su parte, presente en la continua referencia a los espacios naturales propios de la historia del artista, aparece como elemento reflexivo sobre vivencias y sensaciones archivadas. Sin embargo, es este detenimiento en el tiempo el que trae el reconocimiento del devenir que se vivencia en el presente. Por consiguiente, la herencia del antepasado, representado en los materiales de las obras como lo son la arpillera, la sangre, los trapos, la yerba y los minerales retrotraen a un estado de origen, que sólo puede avanzar por la propia potencia que acarrea el devenir de la naturaleza. Todo componente primigenio se renueva pero nunca deja de existir.

Esta antonimia que presenta Paredes bien lo demuestra en sus instalaciones inmersivas, donde los claroscuros generados por las luces LED y los cristales llevan al espectador hacia una experiencia “casi chamanística”, como menciona la curadora. Aquí, la penumbra y la suspensión detienen el tiempo y permiten inmiscuirse entre la luz, la tela, el hilo y el propio ser como en una experiencia simil-teatral.

Por último, el artista recuerda la laboriosidad de los tareferos misioneros ante la rusticidad natural. Sus espaldas arqueadas por el peso de la yerba y el cansancio tras la cosecha, se ven marcadas en la forma cóncava de las dos esculturas que conforman la serie Testimonios. Son entonces la suspensión, el aroma y el color, tres elementos que funcionan como disparadores para transportarse hacia ese paisaje misionero que tanto vuelve en su propuesta, tal como el pintor Ramón Ayala opera en el ejercicio de la memoria.

Ser un sistema vivo implica evidenciar la propia existencia; un cambio constante del que es imposible escapar. Un nacer, transitar y perecer con un mismo génesis y final. En definitiva, un estado de devenir que genera presencia y un segundo después, memoria.