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Tres Maestros zen

Por Daniel Molina

Texto curatorial, Muestra con Eladia Acevedo y Leandro Comba en Galería Palatina, Noviembre 2009

Cuando tuve frente a mí las obras que Eladia Acevedo, Leandro Comba y Andrés Paredes produjeron para esta muestra, lo primero que percibí fue el vacío. Vi que estos tres maestros zen habían producido, cada uno a su manera, un tokonoma: ese espacio esencial en el que todo es posible, justamente porque en él mora el silencio.

Recordé el último poema que escribió José Lezama Lima, el primero de abril de 1976, poco antes de morir, cuando tuvo su iluminación fulgurante: se titula “El pabellón del vacío”. Ese pabellón inmaterial -que para Lezama era la condición de posibilidad de lo poético y el suelo sobre el que se puede asentar la imaginación enamorada- ahora ha tomado cuerpo en el espacio vacante que generan las obras de Acevedo, Comba y Paredes.

Estos tres artistas producen calando la materia, inscribiendo sus grafías profundas sobre el papel o la madera, y llegan al blanco -o al negro- por sustracción infinita de todo el arco de la luz (o también por saturación de la luz, ya que -maestros zen- no rechazan ningún camino; todos los senderos -si son seguidos hasta el fin- conducen al despertar).

Eladia Acevedo agrega sustrayendo. Hace un esfuerzo enorme. Superpone tirita de papel sobre tirita de papel, como si fuera la alumna más aplicada de la clase de manualidades: ¡y todo eso para que su trabajo no se vea! Acevedo borra las referencias sensibles de este mundo que creemos compartir y crea planos y objetos que nos señalan otro mundo es decir, otra forma de ver este mundo-. Son invitaciones a imaginar otra experiencia (quizá compartida, tal vez no), que no tiene ninguna otra regla que adentrarse en ella. Más que obras, lo que Acevedo muestra son procesos. Y más que sentidos plenos, lo que sus obras transmiten son fluctuaciones poéticas: indecisas -no por falta de conocimiento o incapacidad técnica, sino por sabiduría y humildad- entre el ver y el ocultar. Una invitación plena a despertar del letargo que nace del exceso de sentido del mundo.
Leandro Comba es un calígrafo que inscribe huecos. Toma la materia y la cala, la freza, la lija: la completa por ausencia de material. Sus obras parecen inspiradas por los principios de la pintura china tradicional, que Xie Ho fijó en la China del siglo VI de nuestra era. Al igual que Xie Ho, Comba tampoco da preeminencia a un punto de fuga que esté ubicado en el centro, ni siquiera dentro del marco del cuadro. Como en la pintura china tradicional, en Comba ese punto focal está en la mente del artista y del espectador (y está “atrás”, es decir, en el pasado desconocido para ambos, pero inconscientemente compartido). Desde ese espacio mental, las grafías apenas figurativas de los paisajes de Xie Ho y los gestos caligráficos de Comba generan una perspectiva mental en la que brilla el vacío, el espacio de la sugestión.
Los calados de Andrés Paredes ofrecen una relectura original de la tradición abstracta del arte americano. Sus papeles y maderas dialogan con los motivos del ñandutí o con las estructuras vegetales y zoomórficas (estilizadas hasta la abstracción) que produjeron los tupí-guaraníes y que sobrevivieron, mezcladas, en los objetos mestizos de la Colonia. En las obras de Paredes lo más importante no es la materia, sino el vacío: lo que no está. Luz, que dibuja jugando con sus calados, es co-autora de sus obras. Tan esenciales son los aspectos “inmateriales” de sus creaciones que la parte “material” de estas obras semeja un fantasma errante, de esos que se suele llamar “la luz mala”. Más que objetos, Paredes produce iluminaciones.

Es sabido que el budismo es una religión atea. No inventa otro mundo después de la muerte ni crea seres fantásticos - unicornios o dioses- que le den sentido a las vanas acciones de nuestra vida. El budismo es des-ilusionante: nos enseña a despertar del sueño del sufrimiento. No es una ciencia sino una práctica. No se puede transmitir con palabras. No es un discurso sino una sugerencia; no se la dice, sino que se la indica. Así trabajan las obras de Acevedo, Comba y Paredes: no cuentan nada porque iluminan nuestro despertar. No piensan en nada, porque ya saben todo.