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El barro del Paraná, materia

para modelar recuerdos

Por Ana Martinez Quijano
Diario Ámbito Financiero, Febrero 2015

El artista Andrés Paredes (1979) llegó desde su Misiones natal al Centro Cultural Recoleta para presentar "Barro memorioso", una exhibición curada por el operador cultural rosarino Roberto Echen. Los volúmenes escultóricos modelados en barro dominan la muestra actual. Las nuevas formas logran dejar atrás los encajes recortados por Paredes durante años, los troncos y mariposas, las plantas e insectos que lo rodean desde que nació. 

 

Al ingresar a la sala se divisan, a una altura intermedia, entre el piso y el techo, unas cúpulas de barro con ventanales circulares y huecos en su base. Estos orificios dejan ver el interior y brindan acceso al espectador. Allí adentro hay unos paisajes de aspecto surreal. En medio de un osario se levantan unas formaciones rocosas. Toda la instalación o, casi toda, en realidad, está realizada con la densa materialidad del barro, un magma opaco y grisáceo, mientras algunas rocas interrumpen el paisaje con una mágica luz dorada. Los cráneos modelados en barro están dispersos, entre las plantas y las desconcertantes alas de mariposas y cigarras dispuestas prolijamente en hileras, formando filas perfectas, como las cruces de un cementerio. 

 

La instalación tiene el aspecto de un yacimiento arqueológico perteneciente a un lugar y un tiempo remoto, hasta la luz blanca y helada acentúa esta cualidad. La naturaleza de la obra la configura el barro, materia elemental que utilizó Dios para modelar su Adán y que, hasta hoy, ha acompañado la historia entera del hombre. Sin embargo, el artista no nos remite a un dios alfarero ni al origen del mundo sino a su propia vida, a un pasado cercano. Al hablar de su obra, entrañablemente ligada a una infancia que no se resigna a abandonar, menciona el nombre de los animales que tuvo y recuerda a su abuelo. 

 

Las cúpulas ostentan en el exterior unas formas redondeadas, como pechos cargados de leche que emergen entre elevados pináculos. Paredes, con genuina inocencia describe su interior: "Dentro de ellas se encuentran todos los recuerdos de mis seres queridos que ya no están más físicamente. Recuerdo momentos de felicidad, animales, el mono, caballos, piedras preciosas y miles de alas transparentes". Echen señala que esta exploración de Paredes "pone en juego una historia de la verdad de los hechos", ya que, como se sabe, la memoria suele ser selectiva. 

 

De un modo lejano, la instalación trae a la memoria el relato "Sentirse en muerte", donde nuestro "inevitable" Borges (el adjetivo es de Roberto Echen) describe una tarde en la cual se pierde por las calles de barro, y refiriéndose a un lugar tan fantasmal como idealizado e inhallable donde percibió la "eternidad", observa: "No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia. [...] La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos más altos que las líneas estiradas de las paredes parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya pampeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado". 

 

Las esculturas de Paredes están realizadas con barro extraído del Río Paraná y según el curador de la muestra: "No es la puesta en escena de un mundo pasado, no se trata de mostrarnos dinosaurios (de paso, Paredes no nos muestra dinosaurios) 'como si' estuvieran aquí moviéndose en su hábitat (no es un museo de ciencias o una película que apuesta a que creamos estar ahí) sino una posible escena contemporánea de algo que ocurrió hace tanto como queramos, los restos como escritura que nos escribe nuestra posibilidad de memoria". La música que se oye por momentos, está compuesta por Marissa González. 

 

En la misma medida que Paredes penetra en el interior de esas cuevas, se adentra en las profundidades de su propia vida. El artista vive y trabaja en Apóstoles, posee como Gauguin en Tahití, su propio paraíso tropical. Las cúpulas a metro y medio del suelo, parecen flotar entre la tierra y el cielo, distancia que acentúa el carácter surrealista de la muestra. Detrás, lejos de ese útero originario, está el mundo, la vida. 

 

El año pasado Paredes tuvo un golpe de suerte: reunió un puñado de dólares con unas ventas y lo invirtió en un viaje de estudios. Llenó sus ávidos ojos con el arte universal y, recién a su regreso, pudo ver y trabajar con algo que ya llevaba consigo cuando partió: el barro y la tierra.