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Forma y contenido en una línea

Por Ana Martinez Quijano

Ámbito Financiero, Octubre de 2006

En las bellas obras del artista misionero se percibe una línea que fluye con energía desde su adolescencia.

La infinitud de esa línea primordial, evoca la exultante naturaleza que lo deslumbró en su infancia, tanto como el barroco americano de las ruinas jesuíticas o las melancólicas formas del art noveau que conoció a través de los libros.

No hay quiebres en esa línea que, por contrario ha ganado autonomía y con elegante precisión entreteje empecinada el sentido de la obra.

El dibujo desplegado en los encajes de madera y papel, oscila entre lo bidimensional y tridimensional, ya que en los troncos, brotes y enramadas, los cortes y recortes permiten el paso de la luz. De este modo, las obras proyectan una sombra que configuran su totalidad y entablan un diálogo cargado de matices y sutilezas. A pesar de su levedad, la sombra liberada se apodera del espacio y adquiere un inusitado protagonismo. En la fragilidad del papel, el enjambre de luces y sombras de apariencia abstracta, trae a la memoria los bordados del Paraguay, aunque los diseños de Paredes están cargados de relatos autobiográficos, de sus sensaciones más íntimas.

Hay una armonía rigurosa en las obras y algo instintivo a la vez; hay una compulsión por la exploración de las formas, que contienen en sí mismas los indicios del origen y una particular visión del mundo.

Hay también una condición musical que por momentos adquiere la línea en sus ritmos envolventes, y hay una belleza visual donde se adivina el paisaje natal de la selva.

Arraigadas en la memoria estas imágenes que ahora se conjugan con el contexto urbano, determinan acaso el carácter sensible de la obra que ofrece resistencia a la tentación intelectual.

Hay cuestiones en el arte que no se organizan con la razón. Paredes nació en 1979. Estudiaba diseño en la Universidad de Misiones cuando la vertiente conceptual y el arte político comenzaron a ganar espacio en los circuitos de consagración. Recién en 2005 conoció a Jorge Gumier Maier, artista y teórico que en la década del 90 jerarquizó la vieja y noble belleza, y que valoró su obra, un reflejo lejano de esta estética genuinamente argentina que surgió en el Centro Cultural Rojas. Aunque no deja de ser una paradoja, los trabajos de Paredes se aprecian mejor en Buenos Aires que en su tierra natal, donde el afán por la belleza parece una vanidad, y donde un criterio acotado del arte contemporáneo casi convierte la naturaleza en tema tabú.

La obra de Paredes en su conjunto, el incesante transitar de esa línea en proceso, parece responder a un plan mayor; puede ser vista como un gesto poético, o como el gesto terco y desesperado de un artista que en el escenario de la galería reconstruye un paisaje agredido. La interpretación política y ecológica es otra tentación, y además está de moda.

Pero todavía es posible creer que el arte nos regala el esplendor de una primavera eterna, que estos árboles huecos brotan y florecen sin pausa y sin porqué.