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De la primavera al otoño

Por Ana Martinez Quijano

Revista Arte al día, ArteBA 2008

Las obras que Andrés Paredes presenta en la galería Palatina, mantienen la estética de la primera que trajo a arteBA, un tronco verde y exultante como la naturaleza de su Misiones natal, que en el año 2005 sedujo de inmediato al público de la Feria. Con su mirada entrenada, el galerista español Guillermo de Osma, fue el primero en descubrirlo y, desde entonces, Paredes, es una firma frecuente en el coleccionismo argentino. 

Hoy, los papeles y maderas calados como un encaje, el enjambre de luces y sombras de apariencia abstracta, ostentan la belleza de sus primeras obras. Sin embargo, algo ha cambiado en ese universo. Los colores ocres y secos del otoño aplacaron el esplendor de esa primavera que parecía eterna, la textura de la materia se ha vuelto áspera, y la profundidad de las sombras más intensa. 

Si los artistas, con su afinada percepción, funcionan como sismógrafo del terreno social, político y cultural en que les toca vivir, el cambio que anuncia la nueva producción de Paredes, parece guardar relación con la metamorfosis del planeta, con la eterna noche que se adivina en un horizonte no muy lejano. En este mundo cambiante, crece la capacidad narrativa de la obra, y a la vez perduran las potentes imágenes que resguarda la memoria: el esplendor del color terracota de las ruinas Jesuíticas, y el de las formas del barroco y los bordados del Paraguay, cruzadas en amable mestizaje con las melancólicas líneas del art nouveau que el artista conoció a través de los libros. Oscilando entre lo bidimensional y tridimensional, los cortes y recortes del material permiten el paso de la luz, y de este modo, proyectan una sombra que adquiere un inusitado protagonismo y configura la totalidad de una obra que aspira a salir de sí misma. 

Sin temor y sin prejuicios, Paredes busca la belleza más extrema y radical, mientras, en un sentido epicúreo, se dedica a cultivar las plantas que crecen en su jardín. En la soledad voluntaria de Apóstoles, la lejana población donde vive, dibuja una línea que se desliza, incesante, por todos sus trabajos. Todos los dibujos pueden ser vistos como uno solo, que se extiende en la propia continuidad de esa línea que fluye sin pausa, como si en el exceso ornamental de esas ondulaciones, se fuera construyendo el sentido de toda la obra. 

En el relato que entreteje el dibujo, los árboles huecos, con sus trocos vacíos y las ramas secas que brotan y florecen sin porqué, despiertan la memoria. La infinitas líneas cuentan historias de unas comarcas exuberantes con la tierra color roja, donde hay una selva húmeda y bulle la vida, donde también hay flores y perfumes que avivan los sentidos y los recuerdos. En la narración aparece la filigrana de una obra realizada en papel negro, que se recorta sobre un fondo negro. Es la noche que se avecina.